Es un hecho que en América Latina los consumidores tienden a adquirir cada vez menos los productos alimentarios que necesitan en el sector minorista tradicional, como almacenes, ferias, carnicerías, y que los supermercados son los lugares escogidos para las compras domésticas. En efecto, estos mega-almacenes han exhibido durante los últimos años -sobre todo en México y en los países del Cono Sur del continente- una dinámica de crecimiento y desarrollo como pocos sectores de la economía.
Sin duda, la irrupción de estos hipermercados como actores centrales en la distribución alimentaria al detalle tiene importantes efectos para los consumidores. Junto a la oferta masiva de alimentos, no sólo se han visto alterados los precios, la calidad y la demanda por ellos, sino también los propios patrones de consumo. Así, los patrones imperantes en los países industrializados (demanda de productos sanos, nutritivos, prácticos, con mayores exigencias de calidad) se difunden en el estrato de población de mayores ingresos; mientras los estratos de menores ingresos consumen alimentos de menor calidad, consumen menos o son simplemente excluidos del mercado. Se estaría imponiendo así una marcada estratificación en los consumidores de alimentos según los niveles de ingresos.
La imposición de elevados precios junto a pautas y hábitos alimentarios extraños a los consumidores de nuestros países, es posible por los altos grados de concentración y transnacionalización existente en la gran distribución (supermercados), fenómeno que se ha intensificado en los últimos dos años. A su vez, las estrategias de aprovisionamiento de estas poderosas cadenas de supermercados privilegian a las grandes empresas agroalimentarias. Claro que no todo es cooperación entre estos dos poderes altamente concentrados de las cadenas alimentarias, pues los conflictos se han venido multiplicando ante las exigencias impuestas por los supermercados.